Toda familia tiene una historia que merece ser recordada.
La historia de la Familia Ruiz-Laboy está compuesta por generaciones de hombres y mujeres que, con esfuerzo, amor, sacrificio y fe, fueron construyendo el legado que hoy disfrutamos. Es una historia que comenzó en las montañas de Puerto Rico, entre caminos de tierra, trabajo agrícola, profundas convicciones espirituales y un firme compromiso con la familia.
Estas páginas recogen recuerdos, anécdotas y experiencias transmitidas a través de los años por nuestros abuelos, padres, tíos y otros familiares. Algunas de estas historias han pasado de generación en generación mediante la tradición oral; otras permanecen vivas en fotografías, cartas, testimonios y en la memoria de quienes tuvieron el privilegio de vivirlas.
Al preservar estas memorias, no solo honramos a quienes nos precedieron, sino que también fortalecemos nuestra identidad familiar y ofrecemos a las nuevas generaciones la oportunidad de conocer sus raíces.
La historia que sigue es, en gran medida, la historia de nuestros abuelos, Jesús Antonio Ruiz Martínez y Virginia Laboy Poggie, cuyo ejemplo de trabajo, perseverancia, hospitalidad y fe dejó una huella profunda en sus hijos, nietos, bisnietos y en todos aquellos que tuvieron la bendición de conocerlos.
Que este recorrido por nuestra historia nos permita recordar de dónde venimos, valorar el legado que hemos recibido y continuar transmitiéndolo a quienes vendrán después de nosotros.
¡Bienvenidos a la historia de la Familia Ruiz-Laboy!
Toda familia tiene una historia. Antes de que existieran los hijos, los nietos y los bisnietos, hubo hombres y mujeres que trabajaron, soñaron, lucharon y confiaron en Dios para construir el futuro que hoy disfrutamos.
Las raíces de la familia Ruiz-Laboy se encuentran en las montañas del barrio Rubias de Yauco, un lugar de gente trabajadora y humilde donde crecieron las generaciones que darían origen a nuestra gran familia.
Por parte de la familia Laboy, vivían allí Juan Laboy y Carmen Poggie junto a sus hijos. Entre ellos se encontraba Virginia Laboy Poggie, quien años más tarde sería conocida cariñosamente por todos como nuestra querida abuela Viña.
Por parte de la familia Ruiz, residían Manuel Ruiz y Francisca Martínez. Entre sus hijos se encontraba Juan Antonio Ruiz Martínez, quien con el tiempo sería conocido por familiares y amigos como Jesús Antonio o simplemente abuelo Chú.
La vida en aquellos tiempos no era fácil. El trabajo agrícola exigía largas jornadas bajo condiciones difíciles. Manuel Ruiz falleció relativamente joven como consecuencia de los sacrificios y las duras condiciones que enfrentó para sostener a su familia. Su partida dejó una profunda huella en el hogar y obligó a los suyos a continuar adelante con esfuerzo y valentía.
Una de las historias más recordadas de aquellos años ocurrió antes del nacimiento de Jesús Antonio. Mientras Francisca Martínez, conocida cariñosamente como Panchita, estaba embarazada, sufrió una caída mientras recogía leña. El golpe le causó gran preocupación por la vida del bebé que llevaba en su vientre.
Movida por el temor y la esperanza, elevó una oración a Dios y le hizo una promesa: si aquel niño sobrevivía, llevaría por nombre Jesús Antonio.
Dios escuchó aquella oración.
El niño nació sano y fuerte. Con el paso de los años se convertiría en un agricultor ejemplar, un esposo dedicado, un padre amoroso y el patriarca de una familia cuya descendencia continúa creciendo hasta nuestros días.
Aquella promesa hecha por una madre preocupada sería el comienzo de una historia que marcaría a generaciones enteras.
En las montañas de Rubias de Yauco, donde todos se conocían y compartían la vida comunitaria, surgió una historia de amor que perduraría por más de cincuenta años.
Jesús Antonio era todavía un joven cuando fijó su atención en una hermosa muchacha llamada Virginia. Con el paso del tiempo nació entre ellos un afecto sincero que se transformó en amor y finalmente en matrimonio.
Juntos comenzaron a construir una vida marcada por el trabajo, el sacrificio y la fe.
Aquella casa era sencilla, pero estaba llena de sueños.
Abuelo Chú recordaba con cariño una canción que le dedicaba a abuela Viña durante aquellos años:
«Yo tengo ya la casita que tanto te prometí, y llena de margaritas para ti, para ti…»
En ese humilde hogar comenzaron a llegar los hijos que llenarían la casa de alegría. Allí nacieron Gladys, Manuel —a quien todos conocieron como Neco— y Ramona, cariñosamente llamada Monín.
Mientras la familia crecía, también crecían las responsabilidades. Jesús Antonio trabajaba arduamente cultivando la tierra para proveer sustento a los suyos. Sin embargo, en su corazón existía el deseo de encontrar un lugar donde pudiera desarrollar una finca más amplia y ofrecer un mejor futuro a su familia.
Sin saberlo todavía, Dios estaba preparándolos para una nueva etapa que cambiaría sus vidas para siempre.
A mediados de la década de 1950, Jesús Antonio escuchó sobre la venta de una propiedad en el barrio Indiera Fría de Maricao. La finca contaba con aproximadamente dieciséis cuerdas de terreno, una extensión considerable para alguien que soñaba con dedicarse plenamente a la agricultura.
Movido por la curiosidad y la esperanza, decidió visitar el lugar.
Mientras recorría aquellas montañas cubiertas de vegetación, contempló el potencial que escondía aquella tierra. Sin embargo, la decisión de comprarla representaba un gran compromiso para una familia joven con recursos limitados.
Antes de tomar una determinación, hizo algo que caracterizaría muchas de las decisiones importantes de su vida.
Se arrodilló y oró.
Allí, en medio de la finca, pidió a Dios dirección y sabiduría para saber si aquel era el camino correcto para su familia.
Con el tiempo llegó la respuesta.
La propiedad fue adquirida y la familia Ruiz-Laboy comenzó una nueva etapa en las montañas de Maricao.
Aquella decisión transformó el destino de la familia. Lo que comenzó como una finca agrícola terminaría convirtiéndose en el escenario de innumerables recuerdos, el hogar de una familia numerosa y uno de los símbolos más queridos de nuestra historia familiar.
Con los años, simplemente la llamaríamos:
La Finca.
Una vez establecidos en Indiera Fría, comenzó una de las etapas más importantes en la vida de Jesús Antonio y Virginia. Aquellas dieciséis cuerdas de terreno representaban mucho más que una propiedad; eran la oportunidad de construir un futuro para su creciente familia.
Don Jesús se entregó por completo al trabajo agrícola. Con dedicación y constancia cultivó café, plátanos, guineos, habichuelas, chinas y otros frutos de la tierra. Cada amanecer lo encontraba trabajando entre los sembradíos, cuidando con esmero aquello que proveería el sustento del hogar.
La finca era exigente, pero también generosa.
Además de trabajar la tierra, don Jesús dedicó gran parte de su tiempo a mejorar la vivienda familiar. Utilizando maderas nativas obtenidas de la misma finca, fue ampliando y fortaleciendo la casa para acomodar a una familia que continuaba creciendo año tras año.
Aquella casa se convirtió en el corazón de la familia Ruiz-Laboy.
Allí nacieron varios de los hijos del matrimonio. Allí se celebraron cumpleaños, cultos familiares, reuniones y momentos que quedarían grabados para siempre en la memoria de quienes tuvieron el privilegio de vivirlos.
La vida en aquellas montañas requería esfuerzo diario. Los hijos debían caminar largas distancias por caminos y veredas para llegar a la escuela de Bucarabones. Aquellas caminatas, realizadas bajo el sol, la lluvia o la neblina característica de Maricao, dieron origen a innumerables historias que todavía hoy son recordadas con una sonrisa.
Cada trayecto era una aventura.
Los senderos atravesaban montes, quebradas y caminos de tierra. A veces el recorrido parecía interminable, pero también fortalecía el carácter, la responsabilidad y el compañerismo entre hermanos.
La vida rural enseñaba lecciones que ningún salón de clases podía ofrecer.
En una finca de aquellas dimensiones había herramientas, sembradíos, animales y muchas responsabilidades. Entre todos los animales que pasaron por la propiedad hubo uno que alcanzó un lugar especial en la memoria familiar: un caballo llamado Chiringo.
Su nombre le hacía justicia.
Era un caballo inquieto, brioso y lleno de energía. Como toda buena «bestia» de trabajo en el campo, desempeñaba un papel importante en las labores diarias de la finca.
Cada sábado, mientras el resto de la familia asistía a la iglesia, uno de los hijos debía quedarse cuidando la propiedad. En una ocasión le correspondió a Kelly asumir esa responsabilidad.
Durante ese día ocurrió lo inesperado.
Chiringo logró escaparse y fue a enfrentarse con otro caballo. En medio de aquella pelea sufrió un accidente fatal y murió desnucado.
Cuando la familia regresó de la iglesia encontró una escena triste y difícil de asimilar.
Los hijos comenzaron a llorar desconsoladamente. La pérdida del caballo había afectado profundamente a todos.
Entonces, en medio de aquel momento de tristeza, don Jesús hizo gala del sentido del humor que tantas veces caracterizó su personalidad.
Observando a tantos hijos llorando al mismo tiempo, dijo:
—Bueno, vamos a hacer algo. Que cada uno llore una semana a la vez.
Aquellas palabras provocaron risas en medio de las lágrimas y se convirtieron en una de las anécdotas más recordadas de la familia.
Era una muestra de cómo, aun en los momentos difíciles, abuelo Chú sabía encontrar una forma de aliviar el dolor y devolver la alegría a quienes lo rodeaban.
Mientras la familia se establecía en la finca y enfrentaba los desafíos propios de la vida rural, algo más profundo estaba ocurriendo en el corazón de Jesús Antonio y Virginia.
Ambos comenzaron a sentir una creciente necesidad de acercarse más a Dios.
Aquella búsqueda espiritual los llevó a dedicar tiempo a la oración y al estudio de la Biblia. Poco a poco fueron descubriendo verdades que transformaron sus vidas y fortalecieron su fe.
Durante ese proceso ocurrieron experiencias que marcarían para siempre el rumbo espiritual de la familia.
Por aquel entonces don Jesús participaba ocasionalmente en un juego clandestino de azar conocido como «la bolita». Aunque sus intenciones eran ayudar económicamente a personas necesitadas si lograba ganar, Dios tenía otros planes para él.
Una noche tuvo un sueño que nunca olvidaría.
En el sueño se acercaba a un lugar donde se realizaban apuestas. En la entrada se encontraba un ser maligno que le impedía el paso y le decía que, para entrar, debía entregarle su alma.
Al despertar comprendió inmediatamente el significado de aquella experiencia.
Para él no había duda.
Dios le estaba mostrando que aquel camino no era correcto.
Al día siguiente visitó al encargado de la banca y le comunicó su decisión:
—No jugaré más porque la bolita es del Diablo.
Aquella determinación marcó uno de los primeros pasos en su proceso de transformación espiritual.
Mientras tanto, Virginia también vivía experiencias que fortalecían su convicción.
En una ocasión asistió a un servicio religioso celebrado en una casa cercana a la finca. Al finalizar la reunión y mientras regresaba a su hogar, escuchó claramente una voz que le dijo:
—Ahí no es.
Aquellas palabras permanecieron grabadas en su mente.
Aunque en ese momento no comprendía completamente su significado, con el tiempo entendería que Dios estaba guiándolos hacia un conocimiento más profundo de Su voluntad.
La búsqueda continuaba.
Y la respuesta estaba cada vez más cerca.
La búsqueda espiritual de Jesús Antonio y Virginia no fue producto de la casualidad. Durante años habían estado orando, estudiando la Biblia y pidiendo a Dios que les mostrara el camino correcto.
A medida que profundizaban en las Escrituras, comenzaron a experimentar situaciones que fortalecían su convicción de que Dios los estaba guiando personalmente.
Entre todas esas experiencias hubo una que tendría un impacto decisivo en sus vidas.
Una noche, don Jesús tuvo un sueño extraordinario.
En el sueño veía tres iglesias o templos distintos. Junto a él se encontraba un ángel que actuaba como guía y le mostraba cada uno de aquellos lugares.
Primero observó una iglesia impresionante. Era hermosa, majestuosa y parecía llena de esplendor. Sin embargo, el ángel le dijo:
—Esta iglesia ha perdido su primer amor.
Luego le mostró una segunda iglesia. Allí había gran entusiasmo, emoción y manifestaciones de fervor religioso.
Pero el ángel volvió a hablar:
—Aquí hay mucho fervor, pero su fundamento es débil.
Finalmente llegaron ante una tercera iglesia.
No era la más impresionante ni la más llamativa. Sin embargo, el ángel señaló algo que la distinguía de las demás.
—Este templo tiene un fundamento tan sólido que, aunque se derrumbara, podría volver a edificarse sobre el mismo fundamento.
Al despertar, Jesús Antonio reflexionó profundamente sobre aquella experiencia.
Tanto él como Virginia llegaron a la conclusión de que Dios les estaba revelando la importancia de edificar la fe sobre fundamentos bíblicos firmes y no solamente sobre tradiciones, emociones o apariencias.
Aquel sueño los impulsó a estudiar con aún mayor dedicación la Palabra de Dios.
Cada nueva verdad descubierta fortalecía su convicción de que el Señor los estaba guiando paso a paso.
Desde entonces la Biblia se convirtió en el centro de la vida espiritual del hogar.
Mientras la mayoría de la familia aún dormía, don Jesús acostumbraba levantarse de madrugada para dedicar tiempo a la oración y al estudio de las Escrituras. Aquellos momentos de comunión con Dios se transformaron en una costumbre diaria que mantuvo durante gran parte de su vida.
Virginia compartía el mismo deseo de conocer más profundamente la voluntad divina.
Juntos analizaban las Escrituras y comparaban cada enseñanza con lo que encontraban en la Palabra de Dios.
En aquel proceso también recibieron la ayuda de personas que Dios puso en su camino.
Uno de los primeros fue un hermano de Virginia que ya pertenecía a la Iglesia Adventista del Séptimo Día. Sus conversaciones y explicaciones bíblicas ayudaron a aclarar muchas de las preguntas que la joven pareja tenía.
Posteriormente también recibieron orientación de otros creyentes comprometidos con las enseñanzas bíblicas.
Cada encuentro, cada conversación y cada estudio parecía confirmar la misma dirección.
Dios estaba conduciéndolos hacia una comprensión más profunda de Su verdad.
Lo que comenzó como una inquietud espiritual se estaba convirtiendo en una convicción inquebrantable.
Con el paso del tiempo, Jesús Antonio y Virginia escucharon acerca de una congregación adventista ubicada en Mayagüez.
En aquella época el viaje no era sencillo.
Las carreteras eran limitadas y los medios de transporte mucho más modestos que los actuales. Sin embargo, el deseo de conocer aquella iglesia era tan fuerte que decidieron hacer el esfuerzo necesario.
Convencido de que debía verificar personalmente aquello que estaba aprendiendo, don Jesús emprendió el viaje.
Al llegar participó del servicio religioso y observó cuidadosamente todo lo que ocurría.
Escuchó los himnos.
Escuchó la predicación.
Observó a los miembros.
Y confirmó que las enseñanzas que había descubierto en la Biblia eran las mismas que se predicaban en aquella congregación.
Al finalizar el culto solicitó conversar con el pastor Félix Rodríguez.
Durante la conversación le relató las experiencias espirituales que habían vivido él y su esposa. Le habló de los sueños, de las respuestas a la oración y de la forma en que Dios los había conducido en su búsqueda de la verdad.
El pastor escuchó atentamente.
Cuando terminó el relato, respondió con una frase que quedó grabada para siempre en la memoria familiar:
—Venga con su esposa el próximo sábado para bautizarlos.
Aquellas palabras fueron la confirmación de un camino que Dios había estado preparando durante mucho tiempo.
Llegó finalmente el sábado esperado.
Jesús Antonio y Virginia viajaron nuevamente a Mayagüez con la firme decisión de entregar sus vidas al Señor mediante el bautismo.
Era un día especial.
Después de años de búsqueda, oración y estudio, estaban dando el paso que marcaría para siempre el rumbo espiritual de su hogar y de las generaciones que vendrían después.
Cuando llegó el momento de entrar al bautisterio, ambos descendieron a las aguas acompañados por el pastor Félix Rodríguez.
Entonces ocurrió algo que abuelo Chú relató muchas veces a lo largo de los años.
Según su testimonio, una luz extraordinaria iluminó el área del bautisterio.
Para él no se trató simplemente de un fenómeno físico.
Aquella luz representaba la aprobación de Dios sobre la decisión que estaban tomando.
Desde aquel día la fe adventista pasó a formar parte integral de la identidad de la familia Ruiz-Laboy.
Los principios bíblicos aprendidos por Jesús Antonio y Virginia comenzaron a transmitirse a sus hijos y posteriormente a sus nietos.
Lo que sucedió en aquellas aguas no afectó únicamente a dos personas.
Cambió el destino espiritual de toda una familia.
A partir de aquel momento, la finca no solo sería un lugar de trabajo y sustento.
También se convertiría en un hogar donde la fe ocuparía un lugar central.
Las mañanas comenzaban con oración.
Las decisiones importantes se consultaban con Dios.
Los sábados se reservaban para la adoración.
Los hijos crecieron observando el ejemplo constante de unos padres que procuraban vivir de acuerdo con sus convicciones.
Como toda familia, enfrentaron pruebas, dificultades económicas, enfermedades y momentos de incertidumbre.
Pero había algo que permanecía firme.
La certeza de que Dios dirigía sus vidas.
Aquella convicción permitió que la familia enfrentara los desafíos con esperanza y que la finca se transformara en mucho más que una propiedad agrícola.
Se convirtió en un lugar donde la fe echó raíces profundas y produjo fruto para generaciones enteras.
Con el paso de los años, los hijos fueron creciendo, formando sus propios hogares y comenzando nuevas etapas de vida. Poco a poco llegaron los yernos, las nueras y luego los nietos.
La familia Ruiz-Laboy seguía creciendo.
Y aunque cada hijo estableció su propio hogar, había un lugar que continuaba reuniéndolos a todos: La Finca.
Para los nietos, visitar a abuelo Chú y abuela Viña era mucho más que un viaje familiar. Era una aventura.
Todo comenzaba cuando los carros llegaban hasta El Quemado. Allí terminaba el camino para los vehículos y comenzaba la caminata hacia la finca.
Aquella caminata era parte esencial de la experiencia.
Los adultos insistían en que debíamos llevar zapatos viejos, y pronto entendíamos por qué. El camino de barro era capaz de convertir cualquier calzado en una masa de fango. Cuando finalmente llegábamos a la finca parecía que nuestros zapatos tenían dos suelas: la original y la de barro acumulado durante el trayecto.
Nadie se quejaba.
Por el contrario, los resbalones formaban parte de la diversión.
Siempre había alguien que terminaba sentado en el lodo mientras los demás reían sin compasión. Aquellas caídas terminaban convirtiéndose en historias que se contaban una y otra vez durante años.
A lo largo del camino descubríamos pequeños tesoros que la naturaleza ofrecía generosamente.
Recogíamos fresas silvestres.
Observábamos flores de montaña.
Escuchábamos el canto de las aves.
Y cuando la caminata ocurría de noche, aquellos momentos adquirían un encanto especial que todavía permanece en nuestros recuerdos.
Los cucubanos y las luciérnagas iluminaban la oscuridad como pequeñas estrellas flotantes. Algunos de nosotros los atrapábamos cuidadosamente en envases de cristal para que nos acompañaran durante el recorrido.
Para un niño, aquello parecía un milagro.
Después de la caminata, finalmente aparecía la casa.
Ver la finca desde lejos producía una mezcla de emoción y alivio.
Habíamos llegado.
Los zapatos embarrados quedaban en la entrada y enseguida aparecía abuela Viña con aquella sonrisa que tantos recuerdan.
Su alegría era genuina.
Parecía que la casa cobraba vida cada vez que llegaban hijos y nietos.
Abuela tenía una extraordinaria capacidad para hacer sentir especiales a todos.
Nada más llegar comenzaba a organizarlo todo.
Buscaba frisas para cada nieto.
Asignaba espacios para dormir.
Preguntaba quién tenía hambre.
Y se aseguraba de que nadie se sintiera olvidado.
Muchos recuerdan las famosas poncheras que entregaba durante la noche para evitar que los niños tuvieran que caminar hasta el baño en medio de la oscuridad.
Era una solución sencilla, práctica y completamente normal dentro de la vida en la finca.
Para nosotros era simplemente una de esas cosas que hacían única la experiencia de visitar a los abuelos.
Mientras tanto, abuelo Chú muchas veces regresaba de la zona donde mantenía sus colmenas.
Cuando llegaba con panales recién cosechados, todos sabíamos que nos esperaba una recompensa especial.
Nos repartía trozos de panal rebosantes de miel.
Aquella miel fresca, directamente de las abejas, tenía un sabor difícil de describir y aún más difícil de olvidar.
Dormir en la finca tenía algo especial.
Las noches eran frescas y silenciosas.
Muchos nietos compartían habitaciones y camas literas, lo que convertía cada visita en una especie de campamento familiar.
Las conversaciones se extendían hasta tarde.
Las risas recorrían los pasillos.
Y, aunque el cansancio finalmente vencía, la emoción de estar allí hacía difícil conciliar el sueño.
Al amanecer comenzaba otro espectáculo.
Antes de que el resto despertara, abuelo Chú ya estaba preparándose para salir a trabajar.
Sus pasos resonaban por la casa mientras se organizaba para comenzar una nueva jornada en la finca.
Abuela Viña también estaba despierta.
Desde temprano atendía la cocina y preparaba el desayuno para su esposo.
Aquella rutina diaria reflejaba una vida compartida durante décadas.
Un amor sencillo, constante y fiel.
Después de que abuelo salía hacia los sembradíos, era común escuchar otra escena característica de la finca.
Abuela alimentando las gallinas.
Desde el patio llamaba a sus aves con un peculiar:
—¡Pipipipipipí!
Y las gallinas aparecían desde distintos rincones para recibir el maíz que ella les lanzaba.
Para quienes crecimos en ciudades o pueblos más urbanizados, aquello parecía una escena sacada de otro tiempo.
Entre todos los recuerdos de la finca existe uno que ocupa un lugar especial en la memoria de muchos.
Al acercarse el mediodía, abuela Viña salía al patio y dirigía la mirada hacia las montañas donde trabajaba su esposo.
Entonces emitía un sonido agudo que podía escucharse a gran distancia.
Era su forma de llamar a Chú para almorzar.
Resultaba casi imposible imaginar cómo podía escucharlo desde tan lejos.
Sin embargo, de alguna manera funcionaba.
Pasado un tiempo aparecía abuelo emergiendo entre los sembradíos.
Lo veíamos acercarse lentamente.
Venía cubierto del aroma de la tierra húmeda, de las plantas y del trabajo agrícola.
Era el olor del campo.
El olor de un hombre que había dedicado su vida a cultivar la tierra y cuidar de su familia.
Siempre llegaba con su característica sonrisa.
Y entonces se sentaba a disfrutar de la comida preparada por la abuela.
Aquella escena se repitió cientos de veces a lo largo de los años.
Hoy forma parte de los recuerdos más valiosos que conservamos.
- La finca también era una escuela.
- No una escuela de libros y exámenes, sino una escuela de vida.
- Allí aprendimos a desgranar habichuelas.
- A recoger frutas.
- A observar cómo funcionaba una finca.
- A valorar el trabajo duro.
- En una ocasión, abuelo llegó con varias plantas cargadas de vainas de habichuelas.
- Reunió a varios nietos y nos encargó desgranar la cosecha.
- Lo que para un adulto podía parecer una tarea rutinaria, para nosotros se convirtió en un juego.
- Pasábamos horas conversando y riendo mientras trabajábamos juntos.
- Sin darnos cuenta, estábamos aprendiendo algo importante.
- El trabajo podía ser una bendición cuando se realizaba en familia.
- Las bajas temperaturas de Maricao también dejaban sus recuerdos.
- Uno de los desafíos más temidos era la hora del baño.
- El agua provenía directamente del manantial y podía estar extremadamente fría.
- Por eso abuela Viña utilizaba un método sencillo pero efectivo.
- Calentaba agua en la estufa y luego la mezclaba cuidadosamente hasta alcanzar una temperatura agradable.
- Aquello era, según ella, «prender el calentador».
- Y para nosotros funcionaba perfectamente.
Más allá de los cultivos, las montañas y el trabajo agrícola, había algo que ocupaba el lugar central en la vida de abuelo Chú y abuela Viña: su relación con Dios.
La fe no era simplemente una creencia que profesaban los sábados. Era una realidad que se manifestaba diariamente en la manera en que vivían, trabajaban y enfrentaban las circunstancias de la vida.
En la finca, los cultos familiares eran una parte importante de la rutina del hogar.
La Biblia ocupaba un lugar de honor.
La oración era tan natural como respirar.
Y los himnos formaban parte de la vida cotidiana.
Muchos de los nietos recuerdan especialmente los cultos de los viernes al atardecer.
Mientras el sol desaparecía detrás de las montañas de Maricao y la noche comenzaba a cubrir la finca, la familia se reunía para recibir las horas sagradas del sábado.
Aquellos momentos estaban llenos de paz.
Se cantaban himnos que hoy permanecen grabados en la memoria de quienes tuvieron el privilegio de escucharlos.
Algunos de esos himnos fueron aprendidos directamente de abuela Viña y continúan formando parte de los recuerdos más queridos de la familia.
- Luego venía la lectura bíblica.
- La reflexión.
- Y finalmente la oración.
Con frecuencia, la familia terminaba recitando juntos el Padre Nuestro.
Para los niños quizás era una costumbre.
Con los años entendimos que estábamos participando de algo mucho más profundo: la construcción de una herencia espiritual.
Los sábados ocupaban un lugar especial en la vida de la familia.
Desde temprano todos se preparaban para asistir a la Iglesia Adventista de Bucarabones.
La iglesia era sencilla.
Una estructura de madera y cinc, humilde en apariencia, pero llena de significado para quienes la frecuentaban.
Allí la familia compartía con otros creyentes que también habían hecho de la fe el fundamento de sus vidas.
Muchos recuerdan al hermano Salvador Cuevas, quien servía como anciano de iglesia y recibía a los asistentes con cariño y hospitalidad.
Los niños participaban de la Escuela Sabática en salones modestos decorados con ilustraciones bíblicas.
Las historias de Moisés, David, Daniel y Jesús cobraban vida en aquellas clases sencillas que ayudaron a formar espiritualmente a varias generaciones.
Durante el servicio de adoración, los nietos acostumbraban sentarse junto a abuelo Chú y abuela Viña.
Había algo que llamaba particularmente la atención.
Llegado el momento de la oración congregacional, mientras la persona asignada dirigía la oración desde el frente, abuelo Chú no permanecía en silencio.
Desde su lugar se escuchaban sus respuestas espontáneas:
- —¡Amén!
- —¡Sí, Señor!
- —¡Así sea!
Sus palabras reflejaban una fe viva y sincera.
No estaba simplemente escuchando una oración.
La estaba haciendo suya.
Aquella convicción profunda dejó una impresión duradera en quienes tuvieron la oportunidad de compartir aquellos momentos con él.
Con el paso de los años, los hijos formaron sus propias familias.
Llegaron los nietos.
Después los bisnietos.
Y más tarde nuevas generaciones continuaron ampliando el árbol familiar.
Muchas cosas cambiaron.
Los caminos cambiaron.
Las casas cambiaron.
Las circunstancias de la vida cambiaron.
Pero ciertas cosas permanecieron.
Permanece el recuerdo de un hombre trabajador que dedicó su vida al cultivo de la tierra y al bienestar de su familia.
Permanece el recuerdo de una mujer amorosa que convirtió su hogar en un refugio de cariño, hospitalidad y fe.
Permanece el ejemplo de dos jóvenes que comenzaron su historia en las montañas de Yauco y que, con esfuerzo, sacrificio y confianza en Dios, construyeron una familia que continúa creciendo hasta el día de hoy.
La finca fue mucho más que una propiedad.
Fue una escuela de vida.
Fue un lugar de encuentro.
Fue un refugio familiar.
Fue el escenario donde se sembraron valores que todavía producen fruto.
Cuando pensamos en nuestros abuelos, es fácil recordar los lugares, las anécdotas y los momentos felices que compartimos con ellos.
Recordamos las caminatas por el barro.
Los cucubanos iluminando la noche.
La miel recién sacada de los panales.
Las frisas que nos esperaban al llegar.
Las montañas cubiertas de neblina.
Los cultos familiares.
Los almuerzos preparados con amor.
Sin embargo, el legado más importante que nos dejaron no puede medirse en cuerdas de terreno, cosechas ni propiedades.
Su mayor herencia fue su ejemplo.
Nos enseñaron el valor del trabajo honrado.
Nos enseñaron la importancia de la familia.
Nos enseñaron la responsabilidad, la perseverancia y la generosidad.
Pero sobre todo nos enseñaron a confiar en Dios.
La historia de Jesús Antonio Ruiz Martínez y Virginia Laboy Poggie es la historia de dos personas comunes que permitieron que Dios dirigiera sus vidas.
Es la historia de una pareja que enfrentó desafíos, superó dificultades y levantó una familia fundamentada en principios sólidos.
Gracias a ellos hoy existimos nosotros.
Somos parte de una historia que comenzó mucho antes de nuestro nacimiento.
Somos herederos de una fe, de unos valores y de una identidad que han sido transmitidos de generación en generación.
Por eso recordamos.
Por eso contamos estas historias.
Por eso preservamos nuestra memoria familiar.
Porque mientras estas historias continúen siendo contadas, el legado de abuelo Chú y abuela Viña seguirá vivo en cada nueva generación de la familia Ruiz-Laboy.
«El legado más valioso que nos dejaron no fue la tierra que cultivaron, sino la fe, el amor y los valores que sembraron en sus hijos y nietos.»